Nuestra Historia
El recuerdo que nunca se derrite
En la plaza de Caranqui, Ecuador, frente a
la iglesia, unas mujeres mayores vendían helados por una pequeña ventana. Las
familias se sentaban en el andén, el sol en la cara y el helado en la mano.
Entre ellas, un niño —Mario Narváez— descubría el sabor de la felicidad.
“No era solo el sabor, era el momento. El
sabor de la infancia.” Años después, ese recuerdo se convertiría en el inicio
de una historia que aún sigue viva.
El viaje de regreso
Con el paso del tiempo, los padres de
Mario, Luz Marina Salas y Jairo Narváez, regresaron a Caranqui movidos por la
nostalgia. Querían aprender el arte de aquellos helados que marcaron su vida.
Tomaron un curso con los artesanos locales que mantienen viva la tradición y
descubrieron los secretos de la paciencia, la textura y el sabor auténtico.
“Volver a Caranqui fue como abrir un libro
que habíamos dejado a medio leer.”
La alquimia del sabor
Inspirada por esa experiencia, Isabel,
esposa de Mario y chef de profesión, asumió el reto de perfeccionar la receta
familiar. Con estudio, paciencia y pasión, logró convertir la técnica artesanal
en una receta estable y profesional, capaz de conservar la textura y el alma
del helado de Caranqui.
“La tradición estaba viva, pero necesitaba
estructura. Quería que cada helado conservara la emoción del pasado, pero con
la consistencia de una gran creación.”
El vuelo que nos inspira
El sueño tomó forma con la energía de Jairo
Narváez Salas, hermano de Mario: un emprendedor alegre y optimista que siempre
impulsó a su familia a crear algo propio. Su espíritu sigue presente en cada
paso del proyecto. El colibrí, símbolo de vida, energía y conexión, se
convirtió en emblema de la marca.
“Jairo fue quien creyó en el sueño antes de
que tuviera nombre. Su energía no se fue; solo cambió de forma.”